A lo largo de nuestra experiencia laboral y de nuestra formación académica, todos nosotros pasamos por multitud de instituciones y conocemos a un gran número de personas que nos aportan algo valioso.
Por ello, y continuando con las “historias de mi experiencia” en las que comparto algunas anécdotas que pueden llevar a la reflexión, en esta ocasión me gustaría publicar algo que debería hacernos pensar sobre la necesaria reciprocidad que debe existir entre una organización y sus trabajadores o, como se señala en este caso concreto, entre los candidatos a un puesto de trabajo y la empresa que desea cubrir una posición.
“Aunque en mis inicios dentro del mundo empresarial únicamente realizaba tareas administrativas y de facturación, mi evolución profesional y la permanente colaboración con el departamento de contabilidad me permitieron llevar a cabo otro tipo de tareas como, por ejemplo, la realización de procesos de selección y la negociación para cubrir un determinado puesto de trabajo.
Más allá de la lógica empatía que se debe tener con una persona que está buscando empleo, lo aprendido en mis estudios de Psicología y en el Máster en Dirección de Recursos Humanos me llevaron a tener una sensibilidad especial con aquellos candidatos que se ofrecieron para cubrir la posición.

Por ello, como encargado de llevar a cabo la contratación, consideré que desde el primer momento debíamos dejar muy claros determinados aspectos fundamentales como pueden ser la banda salarial, las funciones a desarrollar, la cultura de la empresa o el horario de trabajo; pues, de este modo, no solamente estaríamos mostrando sinceridad y transparencia en el proceso sino que, además, se estaría aplicando un primer filtro para que únicamente contactasen con nuestra empresa aquellas personas que considerasen que la oferta se ajustaba a sus expectativas laborales.
Por otra parte, y al contrario de lo que ocurre en muchas otras instituciones, siempre se contactó con los candidatos que realizaron una entrevista, telefónica o presencial, para hacerles saber si continuaban en el proceso o si habían sido descartados; pues siempre he querido evitar a las personas ese sufrimiento que puede suponer el hecho de estar en una situación de incertidumbre y he considerado importante ofrecer un feedback con el que poder mejorar de cara a otros procesos.
Sin embargo, y a pesar de este comportamiento adecuado por parte de la empresa, en muchos casos nos encontramos una forma de actuar muy diferente por parte de los candidatos; encontrando situaciones que me han llevado a pensar en que estamos creando una sociedad egoísta y sobreprotegida que únicamente piensa en sus derechos, sin pararse a pensar en sus obligaciones (aunque sea morales) y en los derechos de los demás.

Así, y con la intención de clarificar los motivos que me han llevado a este pensamiento, me gustaría dejar constancia de un par de ejemplos reales de situaciones que hemos vivido:
– Caso 1: Tras entrevista telefónica, se cita al candidato para un encuentro presencial al que no acude; por lo que, al llamarle para preguntar qué ocurría, la persona alega que debido a un problema familiar se había olvidado de la cita y, por tanto, de avisar a la empresa de que no podría asistir a la misma.
Sin embargo, y ante el interés mostrado por el candidato tras disculparse, la empresa decide mostrar empatía y accede a volver a agendar esa entrevista en la que, finalmente, se le ofrece el puesto en condiciones muy ventajosas; acordando su incorporación a la empresa para el lunes de la semana posterior.
Al llegar ese primer día de trabajo, en el que debía entregar la documentación requerida y firmar su contrato, esta persona desaparece nuevamente sin dar ningún tipo de explicación al respecto; no atendiendo a las llamadas telefónicas que se le hicieron durante la jornada.
– Caso 2: Es el propio candidato quien contacta con la empresa para solicitar el empleo; pues se encuentra en una provincia diferente y, por motivos de reagrupación familiar, desea realizar un traslado a Madrid.
Tras acudir a una entrevista presencial, desde la organización se considera que se debe tener en cuenta el caso concreto del candidato y ofrecerle mejores condiciones de las que estaban publicadas; pues, además de que su perfil encaja a la perfección con lo que se busca, se valora su situación y se pretende que su adaptación sea la mejor posible.
Una vez se llega a un acuerdo con esta persona, y se le solicitan los documentos necesarios para su incorporación (que se produciría en 15 días), el candidato realiza una llamada telefónica para mostrar su nerviosismo ante el cambio de vida que supone el traslado; por lo que, más allá de mostrarle el mayor apoyo posible por parte de los responsables de la compañía, se le garantizan una serie de nuevas condiciones que faciliten su cambio.
Agradecido por el trato recibido, el candidato se compromete a enviar la documentación a lo largo de ese mismo día; por lo que, al no tener noticias de esta persona en las siguientes 72 horas, volvemos a contactar con él y no atiende la llamada para, posteriormente, escribir un mensaje indicando que finalmente rechaza la oferta.”
Estas experiencias me hacen preguntarme qué ocurriría si una empresa actuase de este modo con sus trabajadores y/o candidatos; pues en ocasiones parece que solamente se deben tener en cuenta los derechos de los individuos y no se piensa en el perjuicio que puede suponer, para una organización, la forma de actuar de determinadas personas cuyas acciones no tienen repercusión alguna por muy inapropiadas que sean…
Por ello, creo que la sociedad no solamente debe señalar y ser inflexible con todas esas empresas que llevan a cabo prácticas totalmente intolerables; sino que también se debería destacar, e incluso penalizar, a aquellos individuos que se escudan en sus derechos para vulnerar los derechos ajenos.
Javier Alarcos Olivares (@jalarcoso)
