¿Estamos preparados para afrontar el cambio?

Habitualmente, el ser humano se suele sentir temeroso e incómodo ante los cambios; por lo que, ante la más mínima posibilidad de experimentar transformaciones en su vida, una persona tratará de oponer resistencia con el objetivo de mantener la estabilidad y el control de las diversas situaciones.

Sin embargo, el cambio es un elemento necesario e imprescindible para la evolución humana y para el desarrollo personal y profesional de cada individuo; por lo que, ante esta resistencia al cambio, se producirá una paradoja entre la necesidad de aceptar las variaciones como algo inherente a la propia existencia humana y el deseo de mantener una estabilidad total en todos los aspectos de nuestra vida.

Los seres vivos están diseñados para adaptarse a los cambios externos e internos a través de un fenómeno de autorregulación, conocido como homeostasis, que permite mantener el equilibrio a pesar de las posibles variaciones a las que se tenga que enfrentar el organismo.

Este deseo de estabilidad, en parte impuesto culturalmente, ha tenido que ser vencido en multitud de ocasiones a lo largo de la historia como, por ejemplo, cuando el ser humano tuvo que aceptar como falsas sus creencias sobre la planitud de la tierra, cuando se enfrentó a la posibilidad de volar en un avión o al aceptar el pago a través de una tarjeta de plástico muy diferente al dinero físico.

Como vemos, prácticamente cualquier aspecto de nuestra vida que hoy consideramos como “normal” y que forma parte de esa estabilidad ilusoria que perseguimos, en su momento supuso una importante alteración que probablemente tuvo que enfrentarse a la resistencia social y cultural.

Por ello, si somos capaces de echar la vista atrás y de perder nuestro “miedo irreal”, comprobaremos que lo anormal en la vida de las personas es, precisamente, esa anhelada estabilidad que solamente se consigue de forma efímera; pues a lo largo de nuestra existencia nos enfrentamos a esa inestabilidad que nos incomoda en multitud de situaciones como pueden ser el cambio de escuela o de domicilio, la pérdida o la aparición de amigos y seres queridos, el cambio de empresa o de puesto de trabajo o incluso una importante adaptación en la alimentación ante la aparición de enfermedades crónicas.

Así, debemos aceptar el hecho de que es precisamente la adaptación a los cambios lo que provoca la evolución y el desarrollo de nuevas habilidades; pues, como señaló Charles Darwin, la evolución de las especies viene determinada por esa selección natural que tan estrechamente relacionada está con el ajuste de los individuos a entornos inestables.

Además, y por fortuna para nosotros, el Homo Sapiens ha sido siempre una especie con grandes capacidades para gestionar el cambio; pues a lo largo de su existencia ha tenido que compensar, a través de transformaciones en su forma de vida y de respuestas adaptativas, la gran desigualdad física existente con respecto a otros animales (menor rapidez, menor fortaleza, ausencia de armas naturales como garras o colmillos, falta de visión nocturna…).

De la misma manera, y teniendo en cuenta que cualquier organización está formada por personas, no es extraño el hecho de observar cómo muchas empresas rechazan las transformaciones y afrontan la realidad desde la búsqueda de una estabilidad que, en ocasiones, dificulta el progreso y provoca un estancamiento que puede suponer el fracaso a largo plazo.

Por ello resulta fundamental que, desde la Psicología y desde el área de los Recursos Humanos, se trabaje en la aceptación de los cambios para que tanto las personas, como las organizaciones, sean capaces de aceptar, de una forma natural y con optimismo, las continuas modificaciones que se producen en el entorno y que, en caso de ser aprovechadas, pueden suponer la aparición de una realidad mucho mejor.

Javier Alarcos Olivares (@jalarcoso)

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